lunes, marzo 23, 2009

Fatal Arrogancia

Por John Stossel

Nos han vuelto a chulear. Es verdad que la economía pasa por horas bajas –aunque los últimos años de la década de los 70 y los primeros de los 80 fueron peores en muchos sentidos– ¿pero es verdad que todos los economistas están de acuerdo con que el plan de estímulo de Obama es la solución?

 

"La negligencia a la hora de actuar, y de actuar ya, convertirá la crisis en una catástrofe", proclamaba Obama. Si alguien expresaba su escepticismo, Obama y el resto de demócratas le respondían que los economistas unánimemente apoyaban la propuesta de un mayor gasto público. "Tenemos un consenso en que necesitamos un gran paquete de estímulo que relance la economía y la devuelva a su normal funcionamiento", advertía Obama.

El secretario de la mayoría demócrata de la Cámara, Steny Hoyer, sostenía que "todos los economistas, de izquierda a derecha, aconsejan que tiene que ser un paquete muy cuantioso".

Es mentira. No hay consenso (y aparte, que haya consenso sobre algo no significa que sea cierto). No fue complicado encontrar a algún economista que se opusiera al gasto público como herramienta para lograr la recuperación. De hecho, más de 350 firmaron un documento en el que se oponían a la ley.

"¿Cómo va a ser capaz el Gobierno de gastar un dólar que genere un valor superior a un dólar?", se preguntaba el economista de la Universidad George Mason, Peter Leeson. "Lo más probable es que cada dólar que gaste se lo quite al sector privado, quien ya no podrá emplearlo".

Leeson se refiere a la falacia de la "ventana rota", sacada de una historia de Frédéric Bastiat y que relata cómo un chico al tirar una piedra al escaparate de una tienda estaba supuestamente creando riqueza porque el comerciante tuvo que hacer un pedido al cristalero. El error de esta historia es que el comerciante podría haber gastado ese dinero de una forma distinta si el chaval no hubiese roto su escaparate.

Cada céntimo que gasta el Gobierno tendrá que detraerse de la economía. Por consiguiente, ¿dónde está el estímulo? También resulta engañoso pensar que unos tipos en el poder son lo bastante inteligentes como para saber exactamente donde gastar miles de millones de dólares. "Los mercados tienen que pasar por este ajuste, lo que está sucediendo ahora, lo que está empeorando la crisis es la enorme incertidumbre que genera el gasto público", me señalaba Lydia Ortega, de la Universidad pública de San José.

Cuanto más interviene el Gobierno, más inversores privados se paralizan. "Parte de la explicación de que la gente no esté gastando se encuentra en que no saben qué se va a hacer desde Washington", sostenía Howard Baetjer, de la Universidad de Towson.

"Japón lo intentó con seis paquetes de gasto público en los años 90. ¿Y cuál fue el resultado? Una década de crecimiento perdida", recordaba Ben Powell, de la Universidad de Suffolk. "El Estado causó la burbuja, por tanto más Estado no es la respuesta".

Quise pedir su opinión a los grandes defensores del rescate y dos accedieron a dármela: Maxine Walters, del Comité de Economía de la Cámara, y el ya citado Steny Hoyer.

Este último me reconoció que "exageró un poco" cuando proclamó que todo economista era partidario de las medidas del Gobierno de Obama:

  • ¿La burbuja no estaba causada por nuestro masivo endeudamiento?, le pregunté.
  • No hay ninguna duda sobre eso.
  • ¿La respuesta es, entonces, más deuda?
  • La mayoría de los economistas creen que así es.
  • ¿Va a funcionar este paquete de estímulo?
  • Así lo espero.
  • ¿Puede provocar una hiperinflación?
  • Confiemos en que no.

Muy bien, eso es tranquilizador.

"El Gobierno no puede quedarse de brazos cruzados", me decía Walters. "Tenemos que inyectar dinero a los bancos para que ayude a reactivar la economía". Yo le pregunté, "¿y cómo vamos a pagarlo?". Su respuesta fue breve: "Nos hemos endeudado antes. Seguimos haciéndolo, pero terminaremos amortizándolo".

Extraño. La deuda significa intereses e impuestos más altos en el futuro; o bien mayor inflación si la Reserva Federal aumenta la masa monetaria. Pero los políticos confían en que ellos sabrán gastar sabiamente miles de millones de dólares. Su arrogancia es sobrecogedora.